
La moda mexicana se refleja en las calles de la Ciudad de México
La Ciudad de México es una de las capitales mundiales del arte y, cada vez más, un generador de moda radical. Salimos a sus calles para encontrar a los personajes con más estilo.
La moda mexicana está en un momento de gloria.
Existe una figura enigmática que aparece con frecuencia en la historia de México. Se trata de La Malinche, la esclava nahua que fue entregada a Hernán Cortés en tributo y que le serviría al español no sólo como intérprete y consejera sino, según se dice, como facilitadora para la caída de su propio pueblo. De ahí que se le haya retratado históricamente como una traidora y que de su nombre, precisamente, haya surgido el término malinchista, utilizado para referirse a las personas que muestran preferencia por lo extranjero. Esa palabra, hasta hace no mucho, era idónea para describir la escena de la moda en la Ciudad de México, donde el estilo ha sido imbuido por la sofisticación europea.
Sin embargo, algo está sucediendo en la llamada CDMX. Al caminar por ciertos barrios se puede sentir un fuerte espíritu subversivo. Y es que, desde hace años, muchos extranjeros han estado llegando a la ciudad en masa y, si bien el intenso flujo de recién llegados ha causado inevitables molestias —la famosa y polémica gentrificación, que ha dominado las conversaciones en los últimos meses—, es innegable que su presencia también está ayudando a revitalizar aspectos de la cultura, empezando por su contagiosa emoción por todo lo que tenemos aquí. Se siente, de alguna manera, como si esa legión foránea colocara los reflectores en ciertos aspectos que los mexicanos suelen dar por hecho y los revalorizaran. Hoy, la gente viste de manera más creativa e irreverente, rebelde pero no amargada, con una confianza descarada que mezcla la ironía con tomárselo en serio. Elementos tradicionales mexicanos que habían sido desterrados de muchos clósets locales están de regreso, totalmente renovados o en versiones mucho más refinadas. Piezas como las botas vaqueras y los huaraches de piel, así como ciertos símbolos católicos —como la Virgen de Guadalupe impresa en una t-shirt o un crucifijo colgando del cuello—, se combinan desenfadadamente con diseños belgas o japoneses que desde hace años han cautivado el gusto de los fashionistas locales más progresistas.
A pesar de la ausencia de una industria con reglas y jerarquías establecidas —o, quizá, gracias a ello—, la moda mexicana está madurando bajo sus propios términos, de la mano de gente que, por lo general, tiene una formación más amateur y poca o nula experiencia en la confección de ropa. “El término mexicanada me encanta. Habla de sacar adelante algo sin importar las reglas”, dice Esteban Tamayo, el diseñador detrás de Tiempos, una marca conocida por su estilo retro-futurista. “Quieres hacer algo y te encargas de que suceda, aunque todo esté colgando de un hilito”. Y vaya que es verdad: hacer lo que puedes con lo que tienes es una idea muy arraigada en la identidad mexicana y, aunque el trabajo detallado pareciera no importar en un inicio, la calidad llega con el tiempo. Lo que ocurre en esta industria en ciernes, simplemente, es que con frecuencia resulta más emocionante lo experimental que aquello perfectamente confeccionado.
“Es la indefinida naturaleza de la creatividad mexicana lo que permite que las ideas fluyan”, asegura Víctor Barragán, quien con su marca homónima —hoy establecida en Nueva York— se ha convertido, quizá, en la mayor exportación fashionista de la CDMX. Hablamos acerca de esa facilidad que existe en México para saltar de una disciplina a otra, de cómo las líneas que separan las profesiones son tan delgadas que permiten a los arquitectos, diseñadores, artistas, chefs, fotógrafos y músicos entrar y salir de un campo a otro a su voluntad y con total libertad. Barragán, por ejemplo, estudió arquitectura, al igual que Sofía Elías, una artista que ha diseñado parques infantiles conceptuales en todo el país, colaborado con marcas londinenses como Kiko Kostadinov y Mowalola, creado esculturas e ilustraciones muy coloridas y generado una especie de culto alrededor de Blobb, su propia marca, al grado de ser usada por celebridades como Dua Lipa, Bella Hadid y North West. Pero son muchos los que trabajan sin restricciones, como es el caso de Bárbara Sánchez-Kane, quien se hizo de un nombre por su trabajo en el campo de la moda antes de enfocarse en el arte; o el de Karii Arreola, quien dirige una firma de relaciones públicas pero recientemente se ha lanzado a producir cenas memorables alrededor de la tradicional sobremesa mexicana; así como el de Rafael Prieto, quien además del trabajo que realiza con Savvy Studio, su firma de diseño y branding, también se dedica a hacer chocolates y dirige una librería en la colonia Roma.
Hay emoción y libertad en el hecho de que nadie está revisando tus credenciales. Todas las personas con las que hablé están de acuerdo en que esta ausencia de reglas impulsa el talento de una forma que no sería posible en Europa o Estados Unidos. Y aunque parezca extraño —e, incluso, inapropiado— celebrar esta falta de normas en un país que históricamente se ha visto afectado por ello, reírse de sí mismo y de las situaciones absurdas que suceden todos los días, en México es un rasgo que distingue su cultura. “Al principio, la gente no entendía mi sentido del humor por ser muy mexicano y es que solemos reírnos de las tragedias”, confiesa Barragán. Su trabajo se caracteriza, precisamente, por utilizar elementos humorísticos que rechazan esa idea tan estadounidense —francamente, de flojera— de abordar los temas que hablan de raza, clases sociales e identidad de género —todos recurrentes en sus colecciones— sólo desde la seriedad. En realidad, en México todo es compatible con el humor, por lo que la propuesta de Barragán se inspira en esa estética burlona y algo extraña que se puede ver en los tianguis que visitaba en su infancia. En estos puestos, nunca queda claro si las tan variadas proporciones de la ropa son intencionales o no, mientras que los artículos pirata son tan llamativos que llaman la atención de quienes comienzan a interesarse en la moda como una declaración irónica de estilo.
“Los mexicanos copiamos todo”, dice Tamayo sin un ápice de orgullo. “Nos robamos y apropiamos de las cosas para luego mezclarlas y crear algo que claramente tiene una referencia, pero también su propio encanto y genialidad detrás”. Sé que habla del vestido que hizo para Ángel Ballesteros, vocalista de Meth Math, un trío underground de reguetón, quien lució la pieza en un concierto en abril. Su propuesta era un gran pedazo de tela beige con un clásico patrón escocés, una especie de prenda deconstruida de Burberry mezclada con traje de quinceañera, tan glamorosa como bizarra, que mostraba ese tipo de irreverencia que no requiere de explicaciones.
La última vez que me encontré con mi amiga Cynthia Cervantes, una directora creativa que se mudó de Nueva York a la CDMX en 2018, casualmente vestía una blusa blanca con bordados —de esas que venden en los mercados y que tiene mi mamá en su clóset—, pantalones verdes camuflados y sandalias elegantes. Su look mezclaba lo vintage con lo moderno y se vería bien en cualquier lugar del mundo, sin embargo, se sentía una creación de esta urbe.
El estilo personal siempre se ha tratado de esa identidad que deseas proyectar al mundo y, aunque todavía hay muchos malinchistas en México, un lugar en el que las marcas europeas de lujo y el streetwear estadounidense siguen siendo muy valorados, una nueva realidad se asoma: nuestras calles siempre han tenido un estilo propio increíble y el secreto de un gran outfit por lo general está cerca de casa.